Sobre la Artista Susana Fanizza Guarini
Sobre la Artista Susana Fanizza Guarini
Susana Fanizza Guarini nació un 3 de mayo de 1950, en la ciudad de Mendoza, al pie de la cordillera y con la luz diáfana del oeste argentino como testigo. Hija de raíces profundamente mediterráneas —un padre italiano, artesano de la construcción y la belleza en piedra; una madre cálida, de herencia española—, creció entre texturas, silencios atentos y una espiritualidad que desde niña la empujaba a mirar el mundo con compasión y asombro. Esa mirada —profunda, intuitiva— fue su primer lenguaje artístico.
Desde sus primeros trazos en lápiz, cuando aún estaba en la escuela primaria, Susana demostró una capacidad poco común para la proporción, la forma y el claro-oscuro. Pero más allá de la técnica, lo que emergía era una manera distinta de ver: sensible, atenta a lo esencial. Su padre fue su guía en el contacto con los materiales: hierro, yeso, cemento, resinas… elementos que en sus manos dejaban de ser fríos para transformarse en memoria, en emoción tallada. El arte era, para ella, una conversación íntima entre materia y espíritu.
En 1969 comenzó su formación formal en la Escuela Provincial de Bellas Artes. Allí, durante siete años, absorbió las enseñanzas de grandes referentes como José Scacco, Antonio Sarelli y Alfredo Severino. Más tarde, en la Universidad Nacional de Cuyo, afianzó su búsqueda. Los talleres, los viajes, los libros y los maestros (como Brajck Drago, Alicia Farcas o Chalo Tulian) nutrieron una voz propia, una estética marcada por la potencia de lo sutil. Europa —Italia, España, Francia, Grecia— no fue un destino turístico, sino una peregrinación al origen: el contacto directo con las obras maestras reavivó su fuego creador.
Susana ha expuesto en múltiples espacios, incluyendo su reciente muestra pictórica (2020–2022) en el Gran Hotel Potrerillos. Sus esculturas, presentes en plazas, avenidas y bodegas mendocinas, dialogan con el paisaje y la gente. Más que obra, Susana ofrece presencia. Porque su arte no grita: abraza. Y en ese abrazo, hay historia, hay oficio… y hay alma.











